
Bienvenido al Ministerio Restauración!
Sabemos que si llegaste acá, no fue por casualidad. El buscar ayuda para problemas que nos causan dolor puede ser algo abrumador; seguro tendrás un montón de preguntas. Estamos seguros que acá encontrarás una palabra de ánimo, consuelo y esperanza. Dios es grande y bueno; no sólo puede restaurarte sino que también quiere hacerlo.
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Cómo Jesús nos Sana a través de Su Iglesia por Andy Comiskey Somos personas con deseos, deseos que nos conducen hacia expresiones nobles y verdaderas de nuestra humanidad, y deseos que pueden reducirse al reino animal,la rata dando vueltas en la rueda de su jaula |
La única forma en la que puede ocurrir la transformación es a través de Cristo y Su comunidad. Cuando venimos quebrantados a la iglesia, Su amor fiel puede transformar nuestros deseos. Esto se logra con la ayuda de la iglesia, no a pesar de la iglesia. El cuerpo de Jesús en la tierra tiene la autoridad de convertir la rata en un santo. Voy a usar mi propia historia de sanidad de la homosexualidad para demostrar cómo Jesús, a través de Su comunidad, transforma nuestros deseos.
A fines de los años setenta, comencé este proceso de transformación. Empecé siendo un homosexual practicante. Hoy puedo unirme al salmista al proclamar: “El colma de bienes tu vida y te rejuvenece como a las águilas. El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos” (Salmo 103:5,6)
Mi opresión tenía que ver con deseos desordenados. La justicia de Dios involucraba el realineamiento de mi deseo a través del poder de Su amor transformador. Ese amor elevó mis ojos hacia Aquel que es, y hacia los deseos superiores que El quería para mi humanidad.
Al crecer, me enfrenté con la bondad y el quebranto, como todos ustedes. Nuestras familias poseen ambas cosas, dado que todos hemos caído y estamos sujetos al pecado en toda su profundidad y complejidad. En mi caso, tuve padres amorosos, pero sin embargo estaban un poco alejados de mí. Esto me dejo sediento emocionalmente, y vulnerable a maneras falsas de satisfacer mis necesidades. Eso sucedió especialmente con mi padre. No tuve una buena conexión con él, y eso agravó la sed que yo tenía de amor y afirmación masculinos.
En mi cultura, la estadounidense, uno puede muy fácilmente abrazar el mundo homosexual como una manera de encontrar amor masculino. Es un mundo perverso e idólatra que promete en vano saciar el deseo profundo que uno tiene de amor. Eso fue así para mí. Comencé a sentir más sed. Allí, en el mundo gay, me empecé a dar cuenta de que otro ser humano no podía satisfacerme. Esa satisfacción tenía que venir de Dios.
¿Quién era Dios? Yo no era cristiano. Pero había gente que oraba por mi, inclusive mi madre fiel. Un día regresé a casa luego de haber estado de fiesta toda la noche, portando la apariencia mortal del pecado. Mi madre me miró directo a los ojos y me dijo: “¡Necesitas a Jesús!” Tenía razón: necesitaba un Salvador que fuera más poderoso que mis deseos desordenados. Por primera vez, comencé a clamar a Dios, quien se reveló a sí mismo en Jesucristo.
Jesús me invitó a una vida de la que yo no tenía idea. Su misericordia persistente marcó una gran diferencia en mi ignorancia y rebelión. Me recuerda a la historia del hijo pródigo. Cuando miré un poco a Jesús, el corrió hacia mí y cerró la brecha causada por mi pecado y mi vergüenza. En Lucas 15:20 dice: “Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se compadeció de él; salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y besó”. Jesús me reveló el amor del Padre: un amor mucho más poderoso y paciente que los objetos perversos de mi deseo.
La iglesia me abrazó como una comunidad sanadora. Esto ocurrió primero a pesar de lo que yo era, no por mi obediencia. Una vez recaí, y salí a enfiestarme con unos amigos. Inmediatamente pude ver que me encontraba en el lugar incorrecto: esa gente ya no era mi gente. Yo era cristiano, nacido del Espíritu. Así que salí corriendo de la fiesta, y no me detuve sino después de un par de kilómetros. Me encontraba en un área extraña de la ciudad y era medianoche. No tenía la más mínima idea a donde iba.
A un costado de la calle, vi a un grupo de gente reunida. Corrí al lado de ellos y reconocí a unos pocos. ¡Eran personas de mi iglesia, que estaban teniendo una reunión de avivamiento en esa parte del centro de la ciudad! Me uní a ellos, e inmediatamente me sentí como en casa. “Esta es mi gente,” pensé. “Aquí es donde pertenezco, en la comunión de aquellos que adoran al mimo Padre, y quienes tienen el mismo Espíritu”. La iglesia se transformó en mi hogar: sabía que sin la comunidad de Cristo, estaría perdido, sujeto a los “padres” poderosos y perversos de mi otra comunidad.
Afortunadamente, encontré una iglesia que le daba lugar a que la gente se convirtiera, a descubrir con el tiempo quién era el Padre en realidad, para que así podamos ser cambiados a través de nuestra devoción a El. Allí, crecí como un adorador del Único. La transformación ocurrió a medida que experimentaba el testimonio continuo de la gracia y verdad a través de los miembros de ese cuerpo.
Mi historia me recuerda cómo Jesús se relacionó con la mujer samaritana. (Juan capítulo 4) Si te acuerdas, Jesús la conoce en el poso, y le pide que le dé agua para beber. El le ofrece “agua viva”. Esa bebida especial simboliza el Espíritu de resurrección derramado en nuestros corazones, capaz de satisfacer los deseos más profundos dentro de nosotros. Lo que hace que este ofrecimiento sea aún más extraordinario es la naturaleza de la mujer. Ella había sentido mucha vergüenza en la presencia de Cristo, descalificada del amor santo. ¿Por qué?
Primero, ella era samaritana, un producto de los judíos y los cananitas. Esa mezcla significaba la idolatría: el que los judíos fueran en pos de los dioses de otras naciones. Así que ella fue concebida en la vergüenza. También, era mujer, y los líderes judíos tenían prohibido involucrarse con las mujeres en público. Finalmente, era una mujer sexualmente inmoral, cuya vergüenza y quebranto la llevó a prácticas degradantes. Descalificada para el amor real, ella buscó amor de la manera equivocada, a través de relaciones cíclicas y sin ningún futuro.
Pero Jesús tenía otros planes. El la conoce y se relaciona con ella como un objeto del deseo divino. El le ofrece su amor inagotable en la forma de “agua viva”. El sabe que sólo un amor superior puede satisfacer el verdadero clamor de su corazón, y liberarla para que sea la mujer que el Padre quiso que fuera.
Jesús le demuestra esto al relacionarse con ella. Así también, nosotros como cuerpo de Cristo debemos modelar la misma forma de relacionarnos con aquellos quienes, como ella, están plagados por la vergüenza, y atados al pecado. El cuerpo de Cristo continúa haciendo esto para mí. A veces iba a la iglesia con un espíritu oscuro e incrédulo, listo para desechar cualquier cosa buena como algo irrelevante para mi vida. El amor y la aceptación de mis hermanos cristianos rompieron ese espíritu. El amor de ellos era como “agua viva” para mí, derramada sobre la capa gruesa de vergüenza que yo usaba, capaz de disolver las mentiras con el poder del amor. Ese ánimo hizo que yo regresara por más. El amor real satisface. Rompe el poder de las mentiras, y nos mantiene en la senda de la transformación.
Jesús apela a nuestro deseo superior: nuestra necesidad de amor. Y nos promete satisfacer esos deseos con cosas buenas. Lo hace a través de Su Espíritu, el agua viva, que derrama sobre nosotros a través del amor continuo del cuerpo de Cristo. Jesús le dijo esto a la mujer samaritana acerca del poder de dicho amor: “el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él, esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna”. (Juan 4:14)
Pero Jesús también es sabio. El sabe bien que podemos rehusar esa agua viva al continuar recurriendo a las falsas fuentes de amor. Dios usó a Jeremías para describir esto: “Dos son los pecados que ha cometido mi pueblo: Me han abandonado a mi, fuente de agua viva, y han cavado sus propias cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”. (Jeremías 2:13) Sabio y veraz en Su misericordia, Jesús expone las falsas cisternas que hemos cavado en un esfuerzo vano de satisfacer nuestras necesidades, a nuestra manera.
Es por eso, que inmediatamente después de ofrecerle a la samaritana Su Espíritu, Jesús expone su pecado. El le pide que llame a su marido; Jesús se involucra personalmente con ella. Y ella titubea renuente: “No tengo marido” Entonces Jesús le revela que él sabe de sus muchas relaciones quebrantadas con los hombres. (Versículos 16-18) Estas uniones eran cisternas tóxicas para ella. El derrama luz sobre ellas para revelar Su Señorío omnisciente. Y al mismo tiempo, le revela a ella y a nosotros que sólo El puede satisfacer nuestras almas. El rehusar reconocer el pecado es perder la dádiva de Su Espíritu, el agua viva capaz de saciar nuestra sed más profunda.
La comunidad de Cristo puede ayudarnos en este punto. En amor, nos podemos gentilmente animar unos a otros a examinar las cisternas falsas de deseos a las que nos sintamos tentados a recurrir. Debemos hacerlo humildemente, plenamente conscientes de nuestras vulnerabilidades personales hacia las maneras falsas de nutrirnos emocionalmente. Estoy agradecido por mis hermanos que durante años me invitaron a explorar mis motivos para involucrarme con ciertas personas. Eso me la libertad para admitir mi propio pecado. Entonces pude recibir el perdón y recobrar la objetividad que necesitaba para vivir dentro de ciertos límites.
Cuando justo salía de la comunidad gay, un buen amigo me ayudó a entender mi tentación en particular, como una más de las muchas tentaciones que nos son familiares a todos. El usó su lucha con la fornicación y pornografía heterosexual como un ejemplo que yo podía imitar, aún cuando los objetos de mi deseo eran diferentes. Esa diferencia no me eximió de hacer lo que es debido. Tenía que aprender a lidiar con mi pecado y luchas tan honestamente como lo hacían mis amigos pecadores tradicionales.
Nos servimos mutuamente cuando gentilmente nos señalamos los pecados, especialmente en el área sexual. Es un regalo. Esto es porque el pecado sexual reduce a los participantes a algo inferior. El estar atado por la lujuria nos reduce y ata al reino animal. Nos convertimos en ratas en una rueda, corriendo como adictos en pos de la siguiente dosis, nunca satisfechos. Por otra parte, el amor de Dios por nosotros es poderoso y expansivo. El quiere fortalecernos para que salgamos de esa rueda de rata y nos embarquemos en la travesía de convertirnos en todo lo que El quiso para nosotros. Esa visión mayor de Sus propósitos para nuestra sexualidad y relaciones se hace aparente a medida que Lo buscamos a través de Su cuerpo.
Me comprometí a asistir a una iglesia basada en la Biblia, que a su vez, se aferraba al poder del agua viva que liberar a los cautivos. Allí descubrí que yo, como todos los hombres y mujeres de esa iglesia, fui creado para portar la imagen de Dios en la manera en que nos relacionamos con el sexo opuesto. (Génesis 1: 26 y 27) Además, como Adán, Dios me creó con un deseo bueno de “no estar solo” (Gen. 2:18) Eso significa que yo no estaba exento de tener que ocuparme de mi salvación como varón en relación a las mujeres. Tuve que aprender a amar de una manera que se ajustaba a mi nueva identidad como una persona fundada en el agua viva, creado para amar a otros de una manera correcta.
Eso fue un desafío para mí. Pero mis buenos amigos varones no me dejaron que me diera por vencido. Una parte de mí quería esconderse en la lucha homosexual, quería ser tratado de manera especial, de alguna manera exento de la dinámica del amor heterosexual. Mis amigos no me permitieron esconderme en ese lugar por mucho tiempo. “Arriésgate”, me urgían mis amigos. Eso significó comenzar a vivir la verdad que Jesús me definía, no mi pasado. A medida que continuaba creciendo en mi seguridad como varón entre otros varones, comencé a sentir y pensar de manera diferente hacia las mujeres. Dios comenzó a liberar mis deseos heterosexuales.
La travesía había comenzado de comenzar. Los deseos heterosexuales por sí solos no lo convierten a uno en un buen regalo para otra persona. Eso requiere el trabajo duro y más profundo de amar a otros de forma sacrificada, con o sin pasión. También tuve que enfrentar y abandonar la comodidad de mi soledad, el egoísmo glorioso de decidir las cosas por mí mismo. La soledad tiene sus recompensas.
Gracias a Dios, El me guió a una hermosa mujer quien sería mi esposa. Con Annette, yo salí de mi soledad para convertirme en un varón lo suficientemente íntegro quien podía amar a otros correctamente. El apoyo y ejemplo de las parejas cristianas más maduras fue crucial en este punto. Animados por nuestro pastor, Annette y yo comenzamos a ministrar a otras personas quebrantadas en nuestra iglesia. Un poco tiempo después de eso, comenzamos a tener hijos.
Después de haber tenido cuatro hijos, el mayor de los cuales se encuentra en la universidad y el resto son adolescentes, ¡puedo decir con autoridad que es más difícil criar a una familia bien que salir de la homosexualidad! Pero también es mucho más gozoso y profundamente satisfactorio.
Jesús a través de Su cuerpo es fiel para transformar nuestros deseos. Nuestras pasiones pueden estar quebrantadas de diferentes formas. Pero la Fuente de nuestra sanidad es siempre la misma: el agua viva de Dios derramada sobre el terreno seco, vergonzoso, y pecaminoso de nuestros corazones. El nos da su amor como el medio y el fin de nuestra sanidad. A medida que la iglesia aprende a amar como Jesús amó a la samaritana, los quebrantados se darán cuenta más y más de esa esperanza.
Nuestros deseos son cambiados a medida que descubrimos Su amor por nosotros en Su comunidad, la iglesia. Respondemos a esa asombrosa dádiva de amor a través de nuestra adoración a El. El se entrega completamente a nosotros; a su vez, nosotros le entregamos nuestro corazón a medida que nos dedicamos a El. Le adoramos por gratitud. Derramamos nuestros afectos y pensamientos, le rendimos nuestros cuerpos a El como un acto de adoración.
El adorar a nuestro verdadero Dios transforma nuestros deseos. Mientras que el pecado sexual y otras formas de idolatría esclavizan nuestros deseos, la adoración verdadera los deja en libertad. Esto ha sido ciertamente el caso en mi vida. El adorar a Jesús con mi comunidad ha sido una fuente continua de sanidad. El realinea nuestros deseos de acuerdo a Su voluntad a medida que le entregamos todo nuestro amor a El en adoración.
Quizás es por eso que Jesús denomina a la mujer samaritana una verdadera adoradora del Dios viviente. En Juan 4:21-24, Jesús la describe entre los verdaderos adoradores quienes adorarían a Dios en Espíritu y verdad (v. 24) En unos pocos versículos, El pone en descubierto su pecado y luego la identifica como una adoradora santa; ¡Jesús toma a alguien devoto del pecado y lo transforma en alguien que glorifica a Dios a través de su devoción a El! Ese es el poder del amor divino. Su amor transforma los deseos desordenados en una pasión santa.
Al hacerlo, no sólo estamos impulsados a entregarnos a El en adoración, sino que también no podemos evitar darlo a conocer. El poder de Su misericordia transforma nuestro propósito en la vida. Dios no sólo se contenta con satisfacer nuestros deseos a través del realineamiento de nuestra orientación sexual y relacional. También quiere otorgarnos un enfoque de la vida completamente nuevo: ¡El mismo, Su Reino acá en la tierra! No hay nada más satisfactorio que saber que, a partir de una comunión íntima con el Señor del universo, nos convertimos en agentes restauradores de otros. ¡Estoy asombrado cómo Jesús ha enviado a mis amigos y a mí alrededor del mundo para que hagamos conocer Su agua viva! El privilegio de hacer conocer a Jesús es quizás la respuesta de Dios al deseo más profundo del corazón humano. Estar alineados con los propósitos de Dios para nosotros es algo que nada lo puede superar.
Volviendo a la mujer samaritana, inmediatamente después de que Jesús la declaró una verdadera adoradora, ella deja su jarro de agua y comienza a cumplir los propósitos de Dios para su vida. Lo declara a Jesús como Señor de la gente de su pueblo (versículos 28-30, 39-42) Un avivamiento explotó en Samaria a través de esta evangelista novata. Como resultado de su testimonio, muchos entraron en comunión con “el Salvador del mundo” (v. 42) La transformación del deseo de ella, provocó el mismo cambio en muchos.
El cuerpo de Cristo debe emprender el llamado a la transformación. Todos somos personas con deseos. Y Jesús quiere nuestros deseos: los buenos, los malos y los feos. Cuando nos reunimos en Su nombre, El quiere salir a nuestro encuentro como lo hizo con la mujer samaritana, otorgándonos la libertad de la vergüenza y el pecado, a medida que recibimos Su amor y le devolvemos el amor en adoración. En el proceso, entramos en una realidad de los supremos propósitos santos para nuestras vidas.
Sin el amor del cuerpo de Cristo, el “agua viva” permanecería meramente como una buena idea. Pero cuando buscamos extender esa agua a otra persona, vamos a dar una respuesta al clamor de los corazones quebrantados. Vamos a ver estallar un avivamiento, así como la mujer samaritana. Testificaremos la transformación de nuestros deseos provocada por Jesús, como la de otras cosas también. Nos vamos a convertir en la comunidad sanadora de Cristo, Su misma Presencia en el mundo hoy, ofreciendo agua viva a aquellos sedientos de la verdadera misericordia.
Traducido por Mauricio Montión
Copyright ©2003 por Desert Stream Ministries. Usado con permiso.
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Una travesía Incleíble por Maurio Montion Me gustaría compartir la increíble travesía de cómo Jesús y su iglesia me ayudaron a superar la homosexualidad. |
"¿No saben ustedes que los malvados no tendrán parte en el reino de Dios? No se dejen engañar, pues en el reino de Dios no tendrán parte los que comenten inmoralidades sexuales, ni los idólatras, ni los que cometen adulterio, ni los hombres que tienen trato sexual con otros hombres, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los chismosos, ni los tramposos. Y esto eran antes algunos de ustedes; pero ahora ya han sido limpiados y consagrados a Dios, ya han sido librados de culpa en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios" 1 Corintios 6:9-11.
Este versículo ha sido de mucha inspiración para mí ya que, como Pablo indica, había homosexuales en la iglesia de Corinto que fueron limpiados, consagrados y justificados en el nombre de Jesús. Me gustaría compartir la increíble travesía de cómo Jesús y su iglesia me ayudaron a superar la homosexualidad.
Primeramente, me gustaría compartir un poco de mi trasfondo familiar. Mi madre creció en una familia con muchos problemas. Sus padres se divorciaron cuando ella era una niña. Para entumecer el dolor en su vida, mi madre recurrió al alcohol. Me acuerdo lo desconcertado que yo quedaba cuando encontraba botellas de vino escondidas en los rincones mi casa. Al principio no sabía de qué se trataba. Mi madre pasaba mucho tiempo en la cama, no aseaba la casa y discutía con mi padre constantemente. Yo llegué a creer que mi madre no me amaba, lo que causó un gran vacío en mi vida. Un vacío que anhelaba ser llenado. Esta falta de amor me hizo creer que yo no era digno de ser amado y, por lo tanto, que no tenía valor en absoluto.
No sólo llegué a creer que mi madre no me amaba, sino que tampoco mi padre me amaba. Cuando tenía 4 años, me acuerdo una gran discusión que tuvieron mis padres. Me acuerdo mi madre estaba tan disgustada que le tiró el vino que tenía en su vaso a mi papá en la cara. Como sólo era un niñito, llegué a ver esto como si mi padre quisiera herirme. Como resultado, empecé a erigir una pared entre mi padre y yo, la cual me impidió recibir el afecto y el amor de él.
Mi papá no sabía cómo conectarse significativamente conmigo. Creo que él no supo "conquistarme" para que yo saliera del lado de mi madre. Nunca fuimos a acampar juntos o a pescar. Jamás practicamos jugar a la pelota juntos. Así que había una distancia emocional entre nosotros. Sumado a esto, estaba el hecho de que mi padre tuviera otra mujer cuando estaba casado con mi madre. Esto destruyó mi confianza en él. Fue realmente devastador. Andy Comiskey dice que " el niño responde a la ruptura en la relación distanciándose defensivamente del padre. El niño reprime la necesidad legítima de amor del mismo sexo. [Entonces] erige una pared entre él y el padre y a su vez entre él y la fuente primaria de significado y forma para su identidad de género." (Aguas Vivas, página 77) No quiero juzgar ni criticar lo que mi padre hizo por mí. Hizo muchas cosas buenas por mí. Sin embargo, yo me distancié de él, lo que me impidió recibir cualquier cosa de él. Esto dejó un gran vacío de amor y afirmación del mismo sexo.
Otro de los factores que contribuyó a mi confusión sexual fue el hecho de haber sido abusado sexualmente por otros niños mayores que yo. Estuve expuesto a la pornografía y a la masturbación grupal desde los 6 años hasta los 12 de edad. Estos niños me prestaban atención y me eran amables conmigo, lo que hizo que esperara con ansia esos encuentros. Mi idea de amor y sexo estaba totalmente quebrantada y tergiversada. Yo estaba completamente confundido.
El tener sobrepeso también contribuyó a que me sintiera inadecuado con niño. Esto me causó que envidiara a otros niños. Andy Comiskey dice que "tenemos envidia de aquellos que poseen lo que a nosotros nos falta personalmente, ya sea en el plano físico o en lo emocional." (Aguas Vivas, página 110) Tenía mucha envidia de aquellos niños cuyos cuerpos eran delgados y musculosos. Así que desde muy chico, comencé a anhelar tener lo que yo no tenía. Recuerdo cuando pensaba acerca de los cuerpos de otros niños, lo que con el tiempo se tornó en una búsqueda erótica.
Unas de las cosas positivas que hicieron mis padres fue el enviarme a una escuela católica, donde aprendí a tener cierto temor de Dios. Recuerdo cuando tenía 6 años me desperté llorando porque había tenido un sueño en el que me sentía muy triste por la muerte de Jesús en la cruz. Es por eso que desde los 12 a los 14 años, busqué involucrarme en la Acción Católica. Yo estaba mal durante este tiempo. Recuerdo que un líder hizo una encuesta al grupo y luego me llamó aparte para hablar conmigo porque le había preocupado lo que yo había respondido. Pero nunca intervino activamente para ver cómo me podía ayudar. Con el tiempo, dejé ese grupo.
A los 14 años, empecé a salir con otros 3 adolescentes. Pasábamos tiempo juntos, íbamos a fiestas y nos emborrachábamos. Yo solía frecuentar la casa de uno de uno de ellos cuya madre era una mujer muy amable y que era testigo de Jehová. Yo le caía muy bien y, cuando iba a su casa, ella me preparaba de cenar y me hacía el té. A esta altura de mi vida, el alcoholismo de mi madre estaba muy avanzado. Yo estaba muy enojado con ella. A ella no le caía bien mis amigos, lo que empeoró nuestra relación. Así que cuando esta mujer apareció en mi vida, yo abracé todo lo que ella tenía para mí. Necesitaba tanto del amor materno. Cuando ella compartió su religión conmigo, yo la abracé con todo mi corazón. La religión de los Testigos de Jehová proveyó esa clase de estructura que yo tanto necesitaba dado que me estaba desmoronando por dentro. La vida no tenía sentido para mí: una madre alcohólica, un padre adúltero, mi propia lucha con sentimientos homosexuales… Era mucho para mi… Fue bautizado en los Testigos de Jehová en 1989. Mi madre falleció de cirrosis al hígado unos meses más tarde. Yo recibí un montón de ayuda por parte de los Testigos de Jehová, lo que me ayudó en este período difícil de mi vida.
Nunca le confesé a nadie mi lucha con la homosexualidad. Sólo le pedía a Dios que quitara esos sentimientos. Pero con el tiempo, sólo se intensificaban. Dado que me estaba costando ocultar mi pecado, y dado que temía que me descubrieran y me expulsaran de la congregación, decidí mudarme a Córdoba cuando tenía 18 años. Una vez allí, empecé la universidad y eventualmente abandoné los Testigos de Jehová.
En 1992, algo pasó que tendría significado eterno para mí. En abril de ese año, conocí a dos matrimonios de Estados Unidos que trabajaban para Cruzada Estudiantil me mostraron el camino a Cristo. Nunca antes había escuchad el concepto de la gracia, lo que me pareció asombroso. En junio de ese año, un grupo de 40 estudiantes norteamericanos vino a Córdoba. Sus vidas tuvieron un increíble impacto en mi vida. Gozaban de una paz que yo no tenía. Me dijeron que se debía a una relación personal con Jesús. Me sorprendió tanto que decidí buscar una relación con Jesús, con la esperanza de encontrar una salida a la homosexualidad. Así que en agosto de 1992, decidí entregarle mi vida a Jesús y me uní al cuerpo de Cristo.
Pero me desanimó el hecho que de mi lucha no cesó. Se debía al hecho de que no le había dicho a nadie al respecto. Sentía tanta vergüenza que no se lo confesé a nadie. Después de dos años y medios de mi conversión, durante los cuales luché con sentimientos homosexuales sin encontrar alivio, abandoné la iglesia y decidir vivir mi vida a mi manera. Este fue un período muy oscuro en mi vida. Me hice adicto a la pornografía homosexual. Perdí toda esperanza de encontrar libertad.
Pero en 1995 sucedió algo que cambiaría para siempre mi vida. Mi vida se había convertido en un incansable espiral de bajada. Día a día, la vida se tornaba más y más gris. Mi adicción a la pornografía se había hecho incontrolable. No sólo esto, sino que también me había hecho adicto a la comida, lo que hizo que llegara pesar 133 kilos, que para alguien que sólo mide 1,75 es una barbaridad. Llegué a fumarme 40 cigarrillos por día. También ese año hasta llegué a tomar cocaína. Mi vida se había convertido en un verdadero caos. Pero el 11 de noviembre de ese año, un amigo me enfrentó con la realidad y me preguntó qué era lo que realmente estaba pasando. Fue por primera vez que me había enfrentado con la devastadora realidad de mi vida. El tomar conciencia de esto produjo un incontrolable y amargo llanto, el que duraría por muchos días. Nunca antes había sentido el dolor que el quebranto y el pecado habían causado.
En ese momento clamé: "Señor, sólo vos podés cambiar y revertir esta situación tan espantosa". Me arrepentí de mis pecados y le pedí perdón. Nunca me voy a olvidar la manera en la que Se manifestó. Sentí su amor y su ternura de una manera que nunca antes la había experimentado. Fue realmente un encuentro que cambiaría mi vida. Empezó paulatinamente a sostenerme y a contenerme en sus brazos de amor. Gradualmente sentí muy profundamente Su compasión, que era tan poderosa que sentía que me penetraba los huesos. Yo por mi parte, empecé a aprender a recibir su "catarata" de amor. Había estado privado de amor por tanto tiempo que quería todo Su amor. Yo no sabía si había una salida a la homosexualidad o no. Sólo sabía que quería desesperadamente el amor de Dios.
Sentí la necesidad de confesarle mi pecado a alguien. Hablé con el pastor de los jóvenes y le conté todo. Él me escuchó y me afirmó. Me sorprendió porque pensé que él me iba a rechazar. Por el contrario, fue muy amoroso y me confortó. Me dijo que conocía de una psicóloga cristiana en Buenos Aires, la que me iba poder ayudar. Dos meses después de hablar con él, viajé a Buenos Aires a ver a esta sicóloga. Me dijo que había una salida de homosexualidad. Él enterarme fue una satisfacción tan grande que es difícil de describir con palabras. Un par de meses antes de mi visita, ella había estado en los Estado Unidos y había comprado el libro Tras la Integridad Sexual y el manual de Agua Viva, ambos escritos por Andy Comiskey. También había adquirido el testimonio de Dennis Jernigan y su música. Dios empezó a usar la ayuda de estos dos hombres que han sido instrumentos fundamentales en mi proceso de sanidad.
Una travesía increíble comenzó. El aprender qué intención tuvo Dios al crearme como ser heterosexual fue algo revelador. Nunca me voy a olvidar cuando aprendí a través de Aguas Vivas que yo tenía necesidades legítimas de amor y afirmación masculinas y que tenía que buscar fuentes saludables para satisfacer esas necesidades.
Una de las cosas que aprendí fue a incorporar a las personas a mi lucha. Me acuerdo pedir en oración: "Señor, mostráme aquellos con los cuales pueda compartir lo que me está pasando y que no me rechacen." Y el Señor comenzó a dirigirme hacia algunas personas del grupo de jóvenes de mi iglesia con las que empecé a compartir mi batalla. No sólo fue una experiencia sanadora para mí sino también para aquellos con los que compartí. Me acuerdo claramente la reacción de las personas que me acercaba y les compartía: "Mauricio, gracias por compartir esto conmigo. Yo también estoy luchando con algo..." Así el que yo compartiera mi lucha le daba la libertad a ellas a que se hicieran vulnerables y compartieran sus luchas, que no siempre eran de naturaleza sexual.
Unas de las cosas que se hizo realidad fue el rendir cuentas. Durante la semana me juntaba con un hermano, con el cual orábamos y nos confesábamos. Se hizo realidad lo que Santiago exhorta en el capítulo 5 versículo 16 de su libro: "confiésense unos a otros sus pecados y oren unos por otros para ser sanados". Sólo se puede experimentar la libertad que se siente cuando uno confiesa sus pecados y siente que ha sido lavado y perdonado.
Esta travesía ocurrió en el contexto de la comunidad cristiana, el Cuerpo de Cristo. No sólo hallé yo sanidad, sino también la persona a la que yo le rendía cuentas. También Dios usó a otros varones en el cuerpo de Cristo para animarme y apoyarme, especialmente en lo que se refiere a mi masculinidad. Dios utilizó a un grupo de varones íntegros para bendecir y afirmar esta área de mi vida, que siempre se caracterizó para la inadecuación e insuficiencia.
¿Cuáles han sido algunos de los efectos de este proceso de sanidad? Ha habido muchos, pero sólo me gustaría nombrara los cuatro más significativos.
Primero que todo, el descubrir y el experimentar el amor del Dios Todo poderoso ha sido algo increíble. Nunca me hubiera podido imaginar que Dios podría ser TAN real para mí. Antes de mi sanidad, Él era sólo un concepto que se me enseñó. Ahora estoy libre de acercarme a mi Padre y expresarle todo mi amor. También, aprendí a recibir Su amor y morar en su presencia. Pienso que ésta es una de las claves de la sanidad de la homosexualidad. Todos aquellos que han sido presas de este quebranto saben el poder que puede tener en las vidas de las personas. La pasión homosexual es como un fuego consumidor que lo consume a uno. Es por eso que se precisa una pasión aún mayor para que pueda consumir ese "fuego" inferior. Esa pasión mayor es la pasión del amor de Dios que es tan intensa que consume no sólo la pasión homosexual, sino que todas las pasiones inferiores.
En segundo lugar, ahora soy libre de amar a otros de una manera íntegra y apropiada. Tengo la libertad de querer a hombres de una manera que no es erótica o romántica, algo que antes era imposible. Ahora me puedo relacionar con los hombres de una manera que nunca antes habría imaginado.
El Señor ha restaurado mi sexualidad de una manera asombrosa. A principios del 2002, me enamoré de una joven mujer. Conocí a Daniela Di Liddo en el grupo de jóvenes mayores de Renacer, la iglesia donde asistimos en Córdoba. Yo le había pedido al Señor en oración que quería llegar a la plenitud de lo que él tenía planeado para mí, y yo creo que esto involucraba mi sexualidad. “No es bueno que el hombre esté solo” dijo el Señor en el comienzo. Yo no quería estar solo porque no me sentía pleno. Dios había restaurado mi sexualidad lo suficiente para trascender las “paredes” de mi soltería y extenderme más allá de mí mismo. ¿Qué hizo el Señor con Adán? Le dio una ayuda idónea. Así que yo le pedía al Señor: “Dame esa ayuda idónea para poder llegar a la plenitud de lo que vos quisiste para mi humanidad”. En su gran fidelidad, Dios me trajo a Daniela. Nunca antes me había sentido atraído hacia una mujer de la manera como me sentí atraído a Daniela. Al principio me llamó la atención el amor a Dios que tenía ella. A medida que nos fuimos conociendo, empecé a sentirme atraído emocionalmente hacia ella. Y con el tiempo, me sentí atraído físicamente a ella.¡Qué sensación nueva! Luego de 18 meses de novios, el 21 de noviembre del 2003 ¡Daniela y yo nos casamos! Junto a ella, me siento más pleno como varón. Nunca antes me había imaginado que iba a poder amar a una mujer tan plenamente; todo gracias a la restauración que Dios ha forjado en mi vida. El sentido de satisfacción y plenitud actual me promueve a proclamar que la heterosexualidad saludable es verdaderamente la intención de Dios para la humanidad. Y como si eso no fuera poco, en septiembre de 2005, tuvimos a nuestro primer hijo, Jonatán Santiago, quien ha bendecido nuestra vida enormemente.
Finalmente, después de recibir la compasión de Dios, me siento llamado a extender esa compasión a otros que están acorralados por el quebranto homosexual. La libertad que he encontrado es tan impresionante que quiero que otros lleguen a alcanzarla también. Cuando yo busqué ayuda allá por el año 1995, no encontré ningún grupo que me pudiera ayudar. Dios ha puesto en mi corazón el empezar un ministerio de ayuda para los quebrantados sexuales en Córdoba. Es así como comenzó el Ministerio Restauración en Córdoba. Es a través de este ministerio que proclamamos que Dios es fiel de sanar no sólo al homosexual, sino también a aquellos que están afectados por el quebranto sexual y relacional.
Puedo ahora apropiarme de la promesa que Jesús declara en Apocalipsis 22:14 cuando dijo: "Dichosos los que lavan sus ropas para tener derecho al árbol de la vida y poder entrar por las puertas de la ciudad. Pero afuera se quedan los pervertidos, los que practican la brujería, los que comenten inmoralidades sexuales, los asesinos, los que adoran ídolos y los que practican el engaño". Ahora anhelo el día que pueda ver a mi Señor y Redentor cara a cara y vivir en su presencia para siempre.